Para no estudiar
Enero 24, 2009
Una tarde más en clase. Aplastando el culo con gusto, refocilándome en mi parálisis, simulo escuchar al profesor, simulo que no estoy en otros mundos. Soy feliz. De repente, una voz gruesa me despierta. Un armario de metro ochenta de altura y un metro de diámetro de barriga, con matrícula de alumno, vocifera sobre los temas más variopintos: los Reyes Católicos, la crisis del gas en Ucrania, la última aldea de Pontevedra… Cualquier excusa es buena para meter baza. Cualquier situación servirá para sentirse protagonista, el gran objetivo de este armario sin ropa.
A primera vista el armario muestra fortaleza e incluso intimida y sientes que si acercas la mano para acariciarlo, te dará un portazo en las narices por instinto. El armario no busca ternura. Se contenta con la mirada curiosa o de temor (cualquiera le viene bien) de unos cuantos segundos cuando abre las puertas y deja caer la mierda que lleva acumulada y que no sabe donde depositar.
Cual payaso al terminar la actuación, mira al público después de su chiste implorando la risa y el aplauso; como un bebé que llora porque pide atención, lanza esputos trabajados durante años. Cree que todo lo grande, lo que se grita, lo que hace estruendo al caer merece ser visto y admirado y reza por la comprensión de los demás.
Tras las clases regresa a su puesto de trabajo donde ejerce la autoridad democrática sobre los ciudadanos. Un uniforme, unas órdenes, un saludo del político y una porra le devuelven a su hábitat de poder. Los demás tan solo podemos y debemos mantenernos lejos, admitiendo los roces absolutamente necesarios, y trabajando para que no nos contagie nada.

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1. Dr Infarto | Enero 25, 2009 at 3:05 pm
Lo de Vanexxa no lo pillo…