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J. La lluvia. Barcelona
La lluvia no paraba. Al poco rato aumentó la virulencia del agua sobre los coches aparcados, las aceras, las mamparas del autobús y los desgraciados y locos viandantes que quedaban, siendo uno de ellos J. Él era tan desgraciado (el aguacero le tocó a mitad de camino) como loco, ya que sonrió al comprobar que podía asistir en primera fila a uno de los espectáculos de la naturaleza. Se apoyó contra la pared de una sucursal de Cajamar protegida por unos soportales, se quitó la protección, la cual consideraba genial, que se había inventado con ropas sucias que llevaba en la mochila y dejó que la mente fuera libre, siendo él su profeta.
Formando parte de los azares naturales se sintió más humano que nunca. Y algo más feliz. Era como si ese espíritu de lucha, de superación ancestrales volvieran de vez en cuando para recordarnos nuestro camino, nuestras raíces, nuestros instintos más primarios y, por lo tanto, más necesarios. Era el momento perfecto para divagar. Siempre había discutido consigo mismo si el hombre imita a la naturaleza o si, por el contrario, la naturaleza debería imitar al género humano. En cualquiera de las dos situaciones J acababa frustrado por unas conclusiones imperfectas, inciertas, no concluyentes, que quizá fueran las únicas posibles ante la entidad de la pregunta, pero que no le valían para nada. Se maravillaba al ver cómo dos entes, seres, objetos andantes o reptiles no identificados, espíritus, como queramos llamarlo, se unían para perpetuar este mundo un poquito más. Dos algos diferentes, extraños, individuales, con orígenes contrapuestos podían compenetrarse y crear una nueva visión del mundo, que no es de uno ni de otro, sino completamente original y que puede (debe) cambiar el mundo. Una tendencia que en realidad es un imperativo natural, un decreto de la mayor dictadura, que es la que interiorizamos y llegamos a aceptar y después a amar. Las leyes están hechas, sólo falta aplicarlas, pensó J en voz alta mientras observaba caer la lluvia sobre los coches aparcados, las aceras, las mamparas del autobús…
Add comment Septiembre 22, 2008
[...]
[...] súbitamente, cuando se dio la vuelta confiado al ver una sonrisa de lo que él creía buena voluntad, el Arcángel le destrozó la cabeza de un sartenazo. Fue rápido. Tanto que el tendero, que estaba a su lado, no se enteró hasta que vio el río de sangre manchándole las sandalias.
'¡Qué has hecho!', gritó el tendero. 'Lo mejor para todos', respondió el asesino con una expresión en la cara que indicaba satisfacción por el trabajo bien realizado. 'Se estaba interponiendo en nuestro objetivo. Hacía comentarios maliciosos, insultaba. Sé que nos ha ayudado mucho para llegar hasta donde hemos llegado, pero ya no lo necesitamos. Créeme, ha sido lo mejor'. El Arcángel intentó convencerlo de la bondad de su acción y de los beneficios que les iba a reportar al tendero y a él mismo.
- 'Ya, bueno, no me parece justo. Sólo eso', balbuceó el tendero.
- '¿Y qué justicia quieres tener con alguien que te desprecia? Lo tuyo es increíble. Nunca saldrás de tendero'.
- 'Ya. Supongo que tú llegarás más alto'.
- 'No lo dudes'.
Extracto de la novela ‘Sin Arcángeles no hay tetas’ (2006)
Santi Ausente
Editorial ‘RafaSA’. Página 95
Add comment Julio 10, 2008


