¡Putas pelis!

abril 25, 2008 at 11:00 pm 2 comentarios

Las películas ya forman parte de nuestros usos y costumbres. Son un electrodoméstico más para usar vagamente y tirarlas. Tenemos un acceso tan fácil a ellas hoy en día que ni las valoramos, sobre todo porque nos las suelen meter a presión a veces. Son la excusa perfecta para la reunión social, el comentario jocoso que rompe el hielo o una tensa espera. Una película es la primera cita ansiosa con la chica o el chico; la enésima cita tediosa con tu chica o chico; el sueño de una noche de invierno; un recuerdo agradable sin saber por qué… Porque, ¿quién no ha visto o le han visto películas? ¿Quién no te ha contado películas? ¿Quién no te cuenta películas?
Inicio una serie de reportajes donde explicaremos las películas que nos han marcado por cualquier e inverosímil motivo.

I. Un sitio ruidoso y oscuro

Cuando ir al cine era irse de vacaciones; cuando era mi montaña rusa más accesible y segura; un recuerdo vago, lejano y, por tanto, mítico; un lugar de la mente que nunca volverá porque se nos olvida (a posta) el camino de vuelta que tanto añoramos, aunque sea un par de veces (una, borracho, y otra, depresivo). Cuando éramos reyes y solía ir a los extintos (al menos por estas tierras de hombres y mujeres) cines de verano con sus sillas insoportables (sólo para los mayores de veinticinco años, claro), su cielo estrellado más bello y su precio olvidado, ponían “Merlín, el encantador” (1963). No tenía paciencia para verla entera ni tampoco “Greystoke. La Leyenda de Tarzán” (1984), la segunda sesión de aquella noche veraniega que sin saber por qué se ha alojado en mi cabeza.

Años más tarde seguía disfrutando del ambigú del último cine de verano en su último año de existencia, allá por el año 1992, con la histriónica y entretenida “Batman Vuelve” del siempre genial Tim Burton con un Danny DeVito, en el papel de Pingüino, más grimoso que nunca. Ya no hubo más. Una pala lo tiró todo.
El nacimiento de Pingüino



II. Recuerdos de alquiler
Yo tuve consciencia de los videoclubs a mediados de los ochenta o, al menos, fue cuando tuvimos un vídeo. Afortunadamente fuimos de los triunfadores que no compramos el Beta y hoy en día mi familia puede caminar erguida ante la sociedad. Supongo que fue entonces cuando empezó mi aversión a las películas en casa. Quizá es la rutina, la facilidad, la pérdida de emoción, el individualismo que supone, en contraposición a las salas de cine.

Pues bien, fue entonces cuando empezó mi “época western”, guiado, como otros muchos, por mi abuelo. Hubo varias generaciones de abuelos apasionados por las películas de vaqueros. Cuando no había ordenadores ni efectos especiales creíbles, había pelis de tiros, indios y vaqueros para los caballeros y pelis de Elizabeth Taylor para las damas. Hubo muchos westerns, demasiados, tantos que no me acuerdo de ninguno (es la natural consecuencia de la rutina), a excepción de “Valor de Ley” (1969). Tampoco recuerdo el argumento, tan solo a un envejecido John Wayne con sus rudos modales y un parche negro en un ojo (quizá me asustaba a mi tierna edad que me pasara lo mismo que a ese hombre).

Mucho antes de esa edad en que los chicos intentábamos colarnos unos segundos, sin que nos viera el dependiente, en la reducida habitación de las películas pornográficas para ver las carátulas, el videoclub, para una determinada edad, es todo un icono y para mí la puerta de entrada al cine.
Recuerdo el pavor de pasar al lado de las películas de terror y cómo, con un solo vistazo a la carátula, ya me temblaban las piernas. Siempre me pasaba con las míticas películas del personaje Freddy Kruger. Nunca pasé más miedo que con él; nunca me levanté en mitad de la noche a mirar el sombrío pasillo al escuchar un ruido extraño, excepto por su culpa.
Pero no todo era pasar miedo, claro. También me alquilé evasiones aventureras, hazañas emuladas en el interior de las cuatro paredes de mi casa con algunos daños colaterales (es lo que tiene la aventura, que se corren riesgos): descansad en paz, jarrones. Viajé por Francia compitiendo en carreras de balsas, huyendo de la lluvia y soportando los lloriqueos de Charlie o Carlitos (un Woody Allen incipiente) en “Bon Voyage, Charlie Brown” (1980): un niño paranoico e introvertido, dominado por su perro, intenta hacerse un hueco en la sociedad, mientras sus amigos, entre ellos, una pareja lésbica, le hacen la vida imposible.

No me puedo olvidar de esa mano amputada correteando por todos lados en “La Familia Addams” (1991), versión cinematográfica de la popular serie de televisión de los sesenta en EE.UU. ¿Cómo estaba para poner una y otra vez la primera escena de esta película? Era como la música de fondo mientras limpias el polvo de la estantería.

¡Ay, Miércoles!

Quiero hacer una breve mención al cutre-film “Masters del Universo” (1987) – la película de He-Man, para entendernos. Toda una muestra del estilo juvenil ochentero y que forma parte de mi memoria de videoclub. Cuando tienes diez u once años y te despiertas los sábados a las ocho de la mañana, ¿qué haces? ¿Adónde vas? Sólo te queda ponerte el vídeo y ver las andanzas de He-Man y Esqueletor hasta que tus padres dejen de roncar.

Pero, hablando de aventuras de videoclub, la medalla de oro se la llevó en mi vida la saga de Indiana Jones. Cuando no tenía ni idea de quién era Hitler ni los nazis ni la caja de Pandora ni las momias de Egipto quedé fascinado por ese cuarentón con sombrero y látigo huyendo de indígenas y gigantescas piedras.
Reconozco que yo quería ser el simpático y fiel Tapón, el niño oriental de once años que acompañó a Indie en “Indiana Jones y el Templo Maldito” (1984) – ¿quién no quiere tener como amigo al dr. Jones? De aquella película nunca se me olvidará la escena en que el gurú de la tribu, en el éxtasis de un ritual sagrado, arranca el corazón con su propia mano a un infeliz sacrificado y lo muestra, aún latiendo fuera del cuerpo, al gentío. Imborrable.

La escena imborrable

Continuará…
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2 comentarios Add your own

  • 1. Putas  |  mayo 13, 2008 en 12:14 pm

    ¿He-Man era homosexual, no?

    Responder
  • 2. famobil  |  mayo 13, 2008 en 10:26 pm

    No. La homosexualidad de He-Man sólo es un rumor difundido por su ex-novio despechado.

    Responder

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