la casica de los espiritus (leer antes de quemar )

diciembre 4, 2009 at 3:54 pm Deja un comentario

El sueño de cualquier escritor es hacer a la primera la novela definitiva, que te retire y con la que pases a la posteridad. De este modo, ya estás libre de ataduras y prejuicios de lectores y te puedes dedicar a escribir por placer. Isabel Allende alcanzó ese sueño con ‘La casa de los espíritus’ (1982). Desde entonces, su apellido dejó de ser protagonista exclusivo de las airadas y desvergonzadas discusiones políticas para formar parte también de las tertulias clásicas de café con leche.

El Chile de principios de siglo XX es el lugar y el momento en que se inicia la saga de los Trueba. De manera pausada, tranquila, recreándose en cada movimiento de los personajes, Allende nos explica las relaciones familiares en lo que parece, en cuanto a su minuciosidad, una tesis doctoral que bien podría titularse ‘Orígenes y consecuencias de las familias’. Gracias a ello, podemos llegar a comprender las distintas reacciones de los personajes en el entorno complejo que la autora nos describe.
Desde los bisabuelos de Alba, cuando nadie protestaba las herencias en el poder y los terratenientes se sentían seguros, pasando por los diferentes roles del hombre y la mujer, aceptados y asimilados hasta el paroxismo a veces, y terminando en las revueltas ideológicas que advertían que se había pasado una frontera para entrar en un nuevo mundo que muchos no querían aceptar. Es la historia de Allende y de la Humanidad: nuevos aires que salpican el establishment, que hacen peligrar la seguridad del poderoso, que acaba con el chollo de unos pocos o que, simplemente, son negados por ser novedosos. Esteban Trueba encarna ese espíritu tan humano y tan abyecto. Por otro lado, la apertura de mente, la esperanza unida a la calma es representada por los personajes femeninos (v.g. Clara) en una muestra de sexismo, quizá realista.

Una novela femenina, pero no feminista. No trasluce del texto ninguna reivindicación por las mujeres, sino sólo la plasmación de un régimen social adecuado a su tiempo desde un punto de vista mágico (suramericano): entronización de los pequeños detalles;  recreo en los signos de identificación familiar y de amistad; recorrido por las maravillas escondidas entre el agetreo diario o las necesidades perentorias para la supervivencia, como el amor.

Su estructura de saga nos recuerda a un ‘Lo que el viento se llevó’ hispano y aindiado, reproducida en muchos ejemplos como ‘Luna lunera’, aunque ésta, carente de emoción y demasiado politizada.

Con un estilo directo, nada preocupado del rigor sintáctico ni muy depurado, se logra transmitir perfectamente el ambiente intimista entre los personajes, las devastadoras pasiones encontradas, las sanguinarias torturas, consiguiendo la empatía del lector.

[…] Los enamorados probaron uno por uno los cuartos abandonados y terminaron improvisando un nido para sus amore furtivos en las profundidades del sótano. Hacía varios años que Alba no entraba allí y llegó a olvidar su existencia, pero en el momento en que abrió la puerta y respiró el inconfundible olor, volvió a sentir la mágica atracción de antes. Usaron los trastos, los cajones, la edición del libro del tío Nicolás, los muebles y los cortinajes de otros tiempos para acomodar una sorprendente cámara nupcial. Al centro improvisaron una cama con varios colchones, que cubrieron con unos pedazos de terciopelo apolillado. De los baúles extrajeron incontables tesoros. Hicieron sábanas con viejas cortinas de damasco color topacio, descosieron el suntuoso vestido de encaje de Chantilly que usó Clara el día en que murió Barrabás, para hacer un mosquitero color del tiempo, que los preservara de las arañas que se descolgaban bordando desde el techo. Se alumbraban con velas y hacían caso omiso de los pequeños roedores, del frío y de ese tufillo de ultratumba. En el crepúsculo eterno del sótano, andaban desnudos, desafiando a la humedad y a las corrientes de aire. Bebían vino blanco en copas de cristal que Alba sustrajo del comedor y hacían un minucioso inventario de sus cuerpos y de las múltiples posibilidades del placer. Jugaban como niños. A ella le costaba reconocer en ese joven enamorado y dulce que reía y retozaba en una inacabable bacanal, al revolucionario ávido de justicia que aprendía, en secreto, el uso de las armas de fuego y las estrategias revolucionarias. Alba inventaba irresistibles trucos de seducción y Miguel creaba nuevas y maravillosas formas de amarla. Estaban deslumbrados por la fuerza de su pasión, que era como un embrujo de sed insaciable. No alcanzaban las horas ni las palabras para decirse los más íntimos pensamientos y los más remotos recuerdos, en un ambicioso intento de poseerse mutuamente hasta la última estancia […]

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