Posts filed under ‘Cinema famobil’

In memoriam

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septiembre 30, 2008 at 10:14 am Deja un comentario

Flash Party

‘Flash Gordon’ (1980). Mike Hodges

Todo un icono para una generación de ociosos espectadores, este cutre-film sirve de bienvenida y presentación a lo que nos depararían los juveniles años ochenta (‘los gloriosos ochenta’, que diría un crítico). Por aquel entonces, con la explosión de fantasía y dólares detonada por George Lucas con su ‘Star Wars’, ‘Flash Gordon’ podría haber significado la jubilación dorada para su dueño, sin embargo, se quedó en un amargo trance para Dino de Laurentiis. Se equivocó de época: quizá las cosas hubiesen sido distintas si ese proyecto se hubiera materializado en este final de década, cuando la fiebre de la adaptación del cómic está en su punto álgido y los bodrios pueden disimularse con grandes efectos especiales. Veremos si es así en la nueva versión que se avecina.

Sin nocturnidad ni alevosía, esta obra se incluye en la Primera División del freak cinema: vestuario y ambientación que simulan un homenaje a las compañías de teatro ambulantes o a las primeras películas mudas; diálogos que parecen escritos para una telenovela ecuatoriana; un argumento más simple que las instrucciones para hacer un Nescafé. Todo ello rematado con unos personajes que elevan la película al Olimpo iconoclasta y pop de muchas generaciones junto a ejemplos como ‘Rocky Horror Picture Show’: el típico rubio musculado (Sam J. Jones), surgido de la misma probeta que Dolph Lundgren, que posee cuatro oraciones completas (sujeto, verbo y predicado), en el papel de Flash Gordon; Melody Anderson, actriz destinada a enseñar el muslamen y coronar a su personaje con una lucha femenina, no en el barro, sino entre las suaves y cuidadas sábanas de una cama imperial junto a Ornella Muti; Max Von Sydow, excelente actor que en esta cinta parece homenajear a Fu Manchú en el papel del Emperador Ming (y si no, que me lo expliquen); Timothy Dalton haciendo del señor Dalton.

‘Flash Gordon’ nos hace saltar a un eterno y a veces absurdo debate sobre determinadas películas. ‘¿Esto se ha hecho a propósito?’, preguntan unos. Otros intentan darle alguna justificación analizando la influencia del cómic, escudriñando al público al que va destinada, etc. Todo es inútil (pero divertido, he de reconocer). Jamás averiguaremos las intenciones ni las razones de los éxitos o fracasos, así que pringuémonos en el universo Flash con naturalidad y alegría, sin olvidarnos del último elemento destacable para su inmortalidad: los dos grandes temas compuestos para la película por el mítico grupo Queen.

ω

‘Zombies Party’ (2004). Edgar Wright

Desternillante y genial parodia del género zombi que con un suave e irónico sentido del humor británico nos proporciona una interesante vuelta de tuerca sobre los terrores del siglo XXI. Una nueva visión de lo que parece la tendencia dominante del cine anglosajón: el apocalipsis vírico. ’28 semanas después’, ‘Dommsday’, ‘Soy leyenda’ e incluso la española Rec’ son ejemplos de que una nueva visión del mundo ha comenzado. Después de la amenaza nuclear y el marxismo-leninismo, los grandes miedos son ahora la manipulación genética y las armas bacteriológicas. Quizá por eso, como contrapunto necesario, estamos invadidos con las adaptaciones de héroes de cómic, porque también necesitamos creer en la esperanza.

La británica ‘Zombies Party’ (cuyo título original es ‘Shaun– nombre del protagonista- of the Dead’, parodia fónica del por entonces esperado film que supuso el retorno del veterano George A. Romero, la insulsa ‘Dawn of the Dead’) da una vuelta de tuerca al género y se aleja del típico homenaje paródico (v.g. Planet Terror’) y de la comedia de sal gorda y gags absurdos hasta rozar el dadaísmo a los que nos tiene acostumbrados el género de parodia norteamericano, para hacernos el retrato de la juventud del G-8 en clave de humor que recuerda a la serie de televisión ‘Los Simpson’. Supone un mensaje de autoafirmación, un apoyo a salir del armario y gritar ¡quiero ser Homer Simpson!, que cualquier posadolescente debidamente tecnologizado apoyaría para contrarrestar las exigencias de la novia que años atrás lo abandonó. En definitiva, ¿quién es el zombi?.

septiembre 6, 2008 at 10:31 pm Deja un comentario

‘We can be heroes just for one day’

¿Qué sería del mundo si no existieran personas que creen en valores? ¿Qué sería del mundo sin personas que se tragan valores? ¿Qué sería de todos nosotros si no hubiera personas acomodaticias o conformistas? ¿Qué seríamos en la ausencia de personas que sólo sueñan con tener un sueño? ¿Quién lo sabe?
Sin George Washington, las guerras por el control del petróleo no hubieran tenido ese halo humanista; sin Stalin, los gulag carecerían de epopeya popular; sin Felipe González, Aznar jamás se hubiera retratado con Norma Duval.

Christopher Nolan adapta al cine la nueva visión oscura (realista), humana y popular sobre el héroe Batman. Una historia que tiene la pinta de ser la segunda parte de una excelente trilogía para aficionados al cine, en general, y no sólo a superhéroes. ‘El caballero oscuro’ nos ofrece un héroe dolorido, cansado, dubitativo sobre su rol heroico. Un héroe que necesita vacaciones para recuperar la fe. Ser o no ser Batman. Ésa es la cuestión. Un héroe que necesita creer en la gente, que necesita sentir que no hay problemas, sólo soluciones, que necesita confiar en que el mundo no va a la deriva y no reírse con los chistes sobre activistas. En definitiva, un héroe intentando ser un héroe.
Al final, Bruce Wayne, como buen héroe, llega al martirio (elegido), el estadio final de los de su casta, para redimir a toda la Humanidad: los ignorantes, los desagradecidos, los malvados, los agradecidos… La eterna noria de la Historia.

El héroe nos lega una almohada suave en que nos recostamos cada noche confiando en el mundo que él ha establecido. Queremos creérnoslo. Nos gusta hablar de ello de forma distendida, unas veces, y otras, lamentarnos con aquello de que nadie es perfecto.
Es así para todos nosotros desde que Jesús de Nazaret derrocó a los héroes paganos. En cada bautizo, comunión y boda el párroco de turno nos recuerda el amor, el libre compromiso, la educación en la fe, el respeto o la obligación de paz y fraternidad. Por un momento, los asistentes se sienten ahítos de satisfacción por pertenecer a esas palabras y olvidan el embarazo de la novia, el rencor hacia ese familiar, el negocio ceremonial imposible de pagar…

Ilustración: Enric Jardí

Y todo ello engalanado, edificado de manera magistral. Una burbuja perfecta. Dórico, jónico, manierista, churrigueresco, etc., no falta ningún estilo. La gran obra del héroe es la burbuja que nos dona, la cual se adapta a todos los clientes. Lo hace en la política exterior de la Unión Europea basada en el maquillaje sobre derechos humanos en países aspirantes; lo hace en el descubrimiento y la defensa a ultranza del Tíbet a pocos días del comienzo de los Juegos Olímpicos; lo hace la Constitución en sus egregias palabras sobre la igualdad…

agosto 24, 2008 at 3:36 am 1 comentario

Retrospecter

Gracias a los Cineclubs, puertas minúsculas y poco conocidas de la cultura, podemos a veces disfrutar de sesiones como en la que tuve el privilegio de ver la española “Rowing with the Wind” (1987). Sí, española, aunque esté rodada en inglés, participen Hugh Grant y Elizabeth Hurley y trate sobre el romanticismo inglés. Cosas de la época que nos tocó vivir, diría cualquier buen aldeano.
No hacía ni diez años que teníamos una Constitución, el PSOE ya había conseguido el poder (consagrando eso de la transición) en 1982 y el apellido Miró no venía a la boca de los españoles para hablar de ligoteos con Grandes de España, sino para referirse a la Directora de la Dirección General de Cinematografía, aparte de selectas tertulias sobre pintura. Queríamos cambiar. Queríamos cambiarlo todo y rápidamente para que España “no la conociera ni la madre que la parió” (cita de un intelectual y poeta del PSOE). Queríamos tener un cine decente (donde la indecencia también se mostrara). Queríamos un cine español serio o, al menos, hecho seriamente. Un cine español que mostrara las grandes inquietudes y perturbaciones de los hombres.
Son etapas. Actualmente la sociedad española se ha desarrollado y la industria del cine español con ella. “Torrente III” bate todas las marcas y volvemos a recordar a Marisol todos los sábados en TVE (¿bueno, malo o no sabe/no contesta?).

Consideraciones históricas aparte, volvamos a la estupenda película de Gonzalo Suárez. El romanticismo inglés protagonizado por Mary Shelley (la autora de “Frankenstein o El moderno Prometeo”), su marido, Percy B. Shelley, Lord Byron, y las hermanastras de la autora junto al secretario de Byron, Polidori. Todos ellos confluyen alrededor de 1816 en Ginebra para charlar sobre la vida, la muerte, la maldad del matrimonio, para fornicar y, por supuesto, para que alguno se alegre de haberse conocido. Entre ironías varias, egos descontrolados, envidias patológicas, espíritus frustrados, insatisfacción por el mundo que les ha tocado vivir, etcétera, se desarrolla la convivencia donde la señora de Shelley escribiría la famosa novela.
En realidad el hecho históricamente cierto de la reunión de poetas sólo es la excusa para contarnos una historia, una historia romántica. Los grandes sentimientos exaltados, los intentos de suicidio ante el amor frustrado, los grandes ideales llevados al paroxismo, etc, suelen llevar a la tragedia, pero un buen romántico, como dice Lord Byron en boca de Grant, debe aceptar su destino. Ese destino se convierte en el monstruo de Frankenstein de cada uno y, como la novelada criatura, no puedes huir de él, sino tan solo mirarle a los ojos.

El teatro. No me quiero olvidar de los maravillosos paisajes costeros donde los protagonistas luchan contra sí mismos. ¿Qué sería de una película de época decimonónica sin ellos, además de los insultos en ortodoxo inglés, los vestidos largos y Emma Thompson (bueno, no actúa pero ya es un clásico de los clásicos)?

Por cierto, también hay españoles : una juvenil Aitana Sánchez GIjón, José María Pou, Bibi Andersen (sin Almodóvar) y José Luis Gómez en un espléndido papel como Polidori, el secretario envidioso y maltratado por el desdén de Byron (“sólo sabía hacer tres cosas y ninguna bien”).

Depositado el 5 de marzo de 2006

julio 26, 2008 at 1:46 am Deja un comentario

Del Doctor Jones al Coronel Jones

‘Junior, ¿eres tú?’

Así le preguntaba, sorprendido, Henry Jones Senior (Sean Connery) a Indiana Jones en la espectacular Indiana Jones y la última Cruzada” (1989). Pues bien, es exactamente lo que muchos seguidores del arqueólogo del látigo y el sombrero preguntan, exclaman o lamentan ante la última película de la exitosa saga: “Indiana Jones y el Reino de la calavera de cristal” (2008). Diecinueve años después Spielberg y Lucas (George) se arriesgan con un nuevo Indy, porque, a pesar de saber de antemano que van a recibir una catarata de dólares, el mayor temor a estas alturas de la vida debe de ser mantener el honor y la gloria intacta de haber parido y amamantado un icono del cine de aventuras. Como se dice en el mundo del fútbol, “no pierdas en un minuto lo que no has conseguido en noventa”, es decir, no destroces toda una trilogía por una caprichosa y extemporánea última ración del Doctor Jones (algo que conoce perfectamente Lucas con sus nuevas entregas de “Star Wars”).

Cómo ser héroe en la Tercera edad.
Sin duda, es lo primero que pensamos y tememos de la nueva historia: ¿Harrison Ford interpretando a Indiana Jones con sesenta y cinco años? ¿Desde cuándo envejecen los héroes? Hay que admitir, sin embargo, que Spielberg aprovecha la circunstancia luciendo sus galones de veterano cineasta, usándola para dar una interesante vuelta de tuerca al apartado estético de la película, dando ocasión a una de las mejores escenas de inicio “no espectaculares” de las que he visto en años; ya no se saben hacer así. Su hábil rodaje y su preciosista aire clásico, nos introducen con cierto desconcierto – ¿dónde está Indiana Jones? – y con gran maestría en los años cincuenta, época congruente con la senectud del héroe y tan atractiva como marco como lo fue la 2ª Guerra Mundial para los films previos, sobre todo de la mano de un director que como Spielberg, sabe aprovecharla. Los años del mejor rockand roll, los batidos y los rebeldes engominados nos lanzan un alegre guiño desde la pantalla en un “viaje en el tiempo” tan bien efectuado como no se había hecho desde el “Regreso al Futuro”, de R. Zemeckis. La vejez del héroe y, por ende, el cambio de época, se aprovecha también para un sutil cambio temático; si las anteriores películas son, tal y como declaran sus responsables, un homenaje a los seriales de aventuras televisivos de los años treinta y cuarenta (como anécdota, decir por ejemplo que el medio que se emplea para señalar los viajes y que se usa en las cuatro entregas, una linea roja que avanza en un mapa, es un guiño a estos seriales, donde era un recurso habitual), con sus héroes carismáticos realizando hazañas imposibles en junglas habitadas por mortales tribus perdidas, sorteando trampas y embarcados en búsquedas increíbles, con la propaganda antinazi tiñéndolo todo por motivos obvios, la última entrega se acerca más a las temáticas dominantes en las series clásicas de los cincuenta: la ciencia-ficción y la propaganda anticomunista.

Pero Indy nunca fue del todo un héroe clásico: siempre estuvo caracterizado por rasgos de cobardía, inseguridades, miedos, etc., que lo humanizaban y que propiciaban en el espectador esa cercanía que da el colega de toda la vida.
O quizá nunca fue un héroe. ¿Quién es Indiana Jones?: un profesor de arqueología que expolia patrimonios de todo el mundo para que dueños de museos norteamericanos (Marcus) se enriquezcan, y que eventualmente accede a colaborar con el Gobierno de Estados Unidos contra los nazis y comunistas, llegando en esta última parte a convertirse en el Coronel Jones. Atrás quedó el aventurero apasionado de la arqueología que gritaba “¡debería estar en un museo!”; hoy planta cara a sus enemigos lanzando vivas a Eisenhower. Ha rebasado incluso la línea de aquella arqueóloga, la doctora Elsa, colaboradora con los nazis en “La Última Cruzada”, que usaba el ejército de Hitler para satisfacer sus ansias de conocimiento y que lloraba ante las hogueras de libros.

Los personajes-muleta del nuevo Jones.
Indiana Jones ha envejecido para todos y para todo. Aquella silueta, aquella sonrisa con el sombrero echado para atrás, con que, consciente de ello, derritía a la compañera de turno, aquel calavera impetuoso e “intolerable”, especializado en “actos nocturnos” (como desvela en El Templo maldito” – 1984), ha pasado a la Historia. Ahora Indy es el objeto y el autor de burlas y chistes variados sobre su avanzada edad, sin utilizar muchos músculos faciales ni desperdiciar palabras, salvo cuando tiene que dar algún consejo sensato a un empollón en la biblioteca de la Universidad. Indiana Jones ha muerto. O, al menos, está mutilado y necesita de abundantes muletas para que el espectador no tenga la sensación de estar viendo alguna película de Nicolas Cage.

El actor más joven, Shia LaBeouf, interpretando a una especie de rebelde sin causa y vestido a lo Marlon Brando, representa la muleta de la herencia: descarado, sabihondo, intrépido, atractivo, nos recuerda un poco al anterior Indy y viene a suplir ese vacío en la interacción de personajes.
Mac (Ray Winstone) es el compañero fiel de los últimos años militaristas de Henry Jones Segundo, según nos cuentan. Es la muleta de la réplica. Ante la imposibilidad de que personajes entrañables como Sallah, el egipcio, Tapón o Marcus le dieran la réplica al protagonista, se han sacado de la manga a este personaje prescindible e insulso que no causa ningún interés y cuya única virtud es hacer bulto en el reparto de la gran aventura.
La muleta guía. Indiana Jones ha perdido tanto protagonismo en este capítulo en favor de sus muletas que acaba siendo un acompañante, un intérprete, un lazarillo del líder de la expedición, John Hurt. Grandísimo actor, completamente desaprovechado en un papel a veces absurdo y paródico, pero que da más glamour al reparto.

Los pilares de la saga.
Siempre ha habido una serie de elementos constituyentes de las películas de Indiana Jones, los cuales, por supuesto, continúan en “El Reino de la calavera de cristal”. En primer lugar, podemos hablar de los “malos”. Los villanos en estas películas siempre son (deben ser) estereotipados, simples en su concepción y cuidados en su imagen para transmitir su mensaje, el cual debe oponerse al del protagonista. Son ingredientes necesarios para la catarsis del espectador, ya que Indiana Jones no es nadie sin su Némesis. Es un elemento que siempre ha sido cuidado en esta saga. Recordemos al mítico Toht (“En Busca del Arca perdida” – 1981): ese nazi de la Gestapo bajito y feo, experto en torturas, que con sólo unas pocas palabras hacía temblar a su enemigo; o también a Mola Ram con aquella crueldad infinita y su sonrisa despreciable mientras arrancaba corazones y esclavizaba a niños. En “El Reino de la calavera de cristal” se ha intentado seguir la tradición con la camarada Irina Spalko, que técnicamente da el perfil (fría, ambiciosa, con ansias de dominar el mundo), pero en la práctica no transmite esa maldad que todos los espectadores deben odiar (aun a riesgo de ser condenado por machista, ¿será porque es una mujer?).

Indiana Jones se sentía solo y Spielberg le concedió una mujer en cada película. En este tipo de películas que tratan de inmortalizar aquéllas de los años treinta y cuarenta del género conocido como “aventuras de toda la vida” (admiradas hasta por insignes críticos como Carlos Boyero), la presencia de la mujer al lado (a veces en frente) del protagonista es fundamental.
Sin embargo, el toque ochentero se dejó notar en el primer personaje femenino de la saga: Marion. “En Busca del Arca Perdida” nos ofreció una mujer luchadora, independiente, con rencor hacia el sabelotodo Indy, aunque al final cayera en sus brazos. Una grata sorpresa que propició momentos muy entretenidos entre los dos protagonistas. Quizá por eso ha repetido en “El Reino de la calavera de cristal”, aunque, desgraciadamente, poco queda de aquel personaje. Es irónico que el personaje femenino que más destacara por su carácter y resolución sin caer en el tópico de ser por ello una femme fatale, y me imagino que uno de los más recordados (quizás junto a la prototípicamente rubia de pocas luces pero de mucha ambicion, Willie, de la segunda entrega, que encandiló al público con sus grititos… y también al director) se convierta en esta ultima entrega en el descanso del guerrero. Una mujer que ostentaba el título de campeona imbatible en los concursos de chupitos de bebidas de alta graduación contra rudos pastores de yaks nepalíes en su taberna, se convierte de repente en una ama de casa profesional con al menos tres maridos a las espaldas y con menos réplicas en esta última película que las que les dieron al monito de “En Busca del Arca perdida”.
“La Última Cruzada” nos ofreció un personaje femenino muy completo e interesante, en la línea sobresaliente de la película, Elsa Schneider. Una arqueóloga que logra engatusar primero y engañar después, tanto a Indiana como a su venerable padre. Un personaje que tiende a ser protagonista de la historia en lugar de seguirla.

Una película destinada al fracaso.
No fracasará económicamente, claro está, ya que la legión de fans, curiosos y espectadores que buscan un rato de diversión a la antigua usanza no va a decepcionar a Indy. Su fracaso radica en su espíritu, en ese elemento colectivo de la memoria juvenil de los grandes apasionados de la saga, los cuales, por más que lo intenten, nunca aceptarán que el nuevo Indiana Jones es mejor o igual que las anteriores versiones ochenteras. Y la realidad objetiva de la película confirma que respeta todos los elementos tradicionales que hicieron grande al Doctor Jones, sin embargo, el modo de hacer cine ni la costumbre de los espectadores son las mismas y pasará, en nuestra opinión, sin gloria, pero dignamente a la historia de Indiana Jones.

“Indiana Jones y el Reino de la calavera de cristal”. Trailer.

Otra visión de “El Reino de la calavera de cristal”.

junio 1, 2008 at 11:18 pm 3 comentarios

A propósito del héroe…

Viendo esta película (no está mal, bastante entretenida, por cierto), basada en el cómic de mismo título, me vino a la mente de nuevo el concepto de héroe que ya examiné al ver la estupenda y afortunadamente interminable “Doctor Zhivago”. La Reina Roja ya discutió largamente conmigo sobre qué es un héroe y cómo alguien llega a serlo. Llegamos a la conclusión de que los ingredientes imprescindibles para ello son: la típica manipulación hollywoodiense, como base, la empatía de los espectadores, cual salsa agridulce, la exaltación de determinados roles sociales de nuestra sociedad, ingrediente nada aparente pero determinante (como el secreto de la Coca Cola), etc.

Siguiendo estos patrones, podemos observar a los héroes semianalfabetos de los campos de fútbol, a los héroes con síndrome de abstinencia encima de los escenarios, a los héroes de la clase trabajadora ajenos a las grandes “soluciones habitacionales” ministeriales (“a working class hero is something to be”)…

Es que estás acostumbrado al héroe impoluto, inmaculado, blanco Perlán (v.g. Clark Kent), me comenta Dr. Jones. Puede ser. Nos dicen que es irreal, que no nos acostumbremos a soñar con ellos, que son fantasía, que la vida es otra cosa… No les quito ni un ápice de razón. Pero, ¿la alternativa es Tony Stark? ¿Por qué nos parece simpático un tipo arrogante, soberbio, chulo, prepotente, que trata a todo el mundo con la punta del pie por el hecho de ser multimillonario, que alardea de tratar a las mujeres como una bolsa de plástico y que por ello causa hilaridad y hasta admiración entre las propias mujeres, que utiliza su posición privilegiada para enriquecerse mediante el siempre heroico trabajo de la venta de armas (¡viva la guerra que nos trajo la paz!)?

Estamos demasiado acostumbrados (valga la redundancia ya que todo es cuestión de costumbre) a entronizar a personas por el simple hecho de la apariencia. Nunca estuvo más equivocado Edmund Burke (1729 – 1797) cuando se inventó aquello de “el cuarto poder” en relación a la prensa: ¡el primero, señores! La prensa no es otra cosa que publicidad, la cual, repetida unas cuantas veces, se vuelve costumbre, y nuestra opinión parece depender de ella. Es el papel de regalo con que nos envuelven la caja, cuyo contenido puede ser perfectamente una boñiga (Iron Man), y sentirnos alegres por conocer y rozar a esas personas.

– ¡Cómo va a ser un delincuente Julián Muñoz si es alcalde, viste buenos trajes y es amable con sus ciudadanos!
– ¡Cómo va a ser nuestro párroco un pederasta!
– Sí, vende droga, pero lo que invierte en nuestro pueblo, ¿eso qué?

Lo siento, Majestad, pero Yuri Zhivago es todo un héroe.

mayo 8, 2008 at 1:13 pm 1 comentario

¡Putas pelis!

Las películas ya forman parte de nuestros usos y costumbres. Son un electrodoméstico más para usar vagamente y tirarlas. Tenemos un acceso tan fácil a ellas hoy en día que ni las valoramos, sobre todo porque nos las suelen meter a presión a veces. Son la excusa perfecta para la reunión social, el comentario jocoso que rompe el hielo o una tensa espera. Una película es la primera cita ansiosa con la chica o el chico; la enésima cita tediosa con tu chica o chico; el sueño de una noche de invierno; un recuerdo agradable sin saber por qué… Porque, ¿quién no ha visto o le han visto películas? ¿Quién no te ha contado películas? ¿Quién no te cuenta películas?
Inicio una serie de reportajes donde explicaremos las películas que nos han marcado por cualquier e inverosímil motivo.

I. Un sitio ruidoso y oscuro

Cuando ir al cine era irse de vacaciones; cuando era mi montaña rusa más accesible y segura; un recuerdo vago, lejano y, por tanto, mítico; un lugar de la mente que nunca volverá porque se nos olvida (a posta) el camino de vuelta que tanto añoramos, aunque sea un par de veces (una, borracho, y otra, depresivo). Cuando éramos reyes y solía ir a los extintos (al menos por estas tierras de hombres y mujeres) cines de verano con sus sillas insoportables (sólo para los mayores de veinticinco años, claro), su cielo estrellado más bello y su precio olvidado, ponían “Merlín, el encantador” (1963). No tenía paciencia para verla entera ni tampoco “Greystoke. La Leyenda de Tarzán” (1984), la segunda sesión de aquella noche veraniega que sin saber por qué se ha alojado en mi cabeza.

Años más tarde seguía disfrutando del ambigú del último cine de verano en su último año de existencia, allá por el año 1992, con la histriónica y entretenida “Batman Vuelve” del siempre genial Tim Burton con un Danny DeVito, en el papel de Pingüino, más grimoso que nunca. Ya no hubo más. Una pala lo tiró todo.
El nacimiento de Pingüino



II. Recuerdos de alquiler
Yo tuve consciencia de los videoclubs a mediados de los ochenta o, al menos, fue cuando tuvimos un vídeo. Afortunadamente fuimos de los triunfadores que no compramos el Beta y hoy en día mi familia puede caminar erguida ante la sociedad. Supongo que fue entonces cuando empezó mi aversión a las películas en casa. Quizá es la rutina, la facilidad, la pérdida de emoción, el individualismo que supone, en contraposición a las salas de cine.

Pues bien, fue entonces cuando empezó mi “época western”, guiado, como otros muchos, por mi abuelo. Hubo varias generaciones de abuelos apasionados por las películas de vaqueros. Cuando no había ordenadores ni efectos especiales creíbles, había pelis de tiros, indios y vaqueros para los caballeros y pelis de Elizabeth Taylor para las damas. Hubo muchos westerns, demasiados, tantos que no me acuerdo de ninguno (es la natural consecuencia de la rutina), a excepción de “Valor de Ley” (1969). Tampoco recuerdo el argumento, tan solo a un envejecido John Wayne con sus rudos modales y un parche negro en un ojo (quizá me asustaba a mi tierna edad que me pasara lo mismo que a ese hombre).

Mucho antes de esa edad en que los chicos intentábamos colarnos unos segundos, sin que nos viera el dependiente, en la reducida habitación de las películas pornográficas para ver las carátulas, el videoclub, para una determinada edad, es todo un icono y para mí la puerta de entrada al cine.
Recuerdo el pavor de pasar al lado de las películas de terror y cómo, con un solo vistazo a la carátula, ya me temblaban las piernas. Siempre me pasaba con las míticas películas del personaje Freddy Kruger. Nunca pasé más miedo que con él; nunca me levanté en mitad de la noche a mirar el sombrío pasillo al escuchar un ruido extraño, excepto por su culpa.
Pero no todo era pasar miedo, claro. También me alquilé evasiones aventureras, hazañas emuladas en el interior de las cuatro paredes de mi casa con algunos daños colaterales (es lo que tiene la aventura, que se corren riesgos): descansad en paz, jarrones. Viajé por Francia compitiendo en carreras de balsas, huyendo de la lluvia y soportando los lloriqueos de Charlie o Carlitos (un Woody Allen incipiente) en “Bon Voyage, Charlie Brown” (1980): un niño paranoico e introvertido, dominado por su perro, intenta hacerse un hueco en la sociedad, mientras sus amigos, entre ellos, una pareja lésbica, le hacen la vida imposible.

No me puedo olvidar de esa mano amputada correteando por todos lados en “La Familia Addams” (1991), versión cinematográfica de la popular serie de televisión de los sesenta en EE.UU. ¿Cómo estaba para poner una y otra vez la primera escena de esta película? Era como la música de fondo mientras limpias el polvo de la estantería.

¡Ay, Miércoles!

Quiero hacer una breve mención al cutre-film “Masters del Universo” (1987) – la película de He-Man, para entendernos. Toda una muestra del estilo juvenil ochentero y que forma parte de mi memoria de videoclub. Cuando tienes diez u once años y te despiertas los sábados a las ocho de la mañana, ¿qué haces? ¿Adónde vas? Sólo te queda ponerte el vídeo y ver las andanzas de He-Man y Esqueletor hasta que tus padres dejen de roncar.

Pero, hablando de aventuras de videoclub, la medalla de oro se la llevó en mi vida la saga de Indiana Jones. Cuando no tenía ni idea de quién era Hitler ni los nazis ni la caja de Pandora ni las momias de Egipto quedé fascinado por ese cuarentón con sombrero y látigo huyendo de indígenas y gigantescas piedras.
Reconozco que yo quería ser el simpático y fiel Tapón, el niño oriental de once años que acompañó a Indie en “Indiana Jones y el Templo Maldito” (1984) – ¿quién no quiere tener como amigo al dr. Jones? De aquella película nunca se me olvidará la escena en que el gurú de la tribu, en el éxtasis de un ritual sagrado, arranca el corazón con su propia mano a un infeliz sacrificado y lo muestra, aún latiendo fuera del cuerpo, al gentío. Imborrable.

La escena imborrable

Continuará…

abril 25, 2008 at 11:00 pm 2 comentarios


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